sábado, 22 de marzo de 2014

Sábanas de Tierra (Silvina Ocampo)

"Jardinero. Arboricultor. Floricultor se ofrece. Besares 451." Sonrió, desde hacía más de un año este aviso se confundía entre naftalinas en el bolsillo de su tricota. Estrujó el papel en sus manos y lo tiró al suelo. Recostó la cabeza contra la silla de paja, dio un suspiro de alivio y dijo a su marido: "Qué suerte que tenemos un buen jardinero". El marido la miró por encima del diario. "Un verdadero jardinero", siguió diciendo, "que trata con ternura a las plantas y que realmente las quiere como a pequeños hijitos" y, al decir estas palabras, sintió la plenitud de su felicidad: sus hijos estaban sanos, hacía lindo día, había encontrado un buen jardinero. Sentada en la terraza, envuelta en la blancura de su vestido, sintió lo que deben sentir todas las mujeres de blanco en un día radiante; se sintió transparente e impersonal como el día, rodeada por la presencia de muchedumbres de flores que la esperaban. Se puso los guantes, tomó las tijeras de cortar flores y bajó al jardín atajándose el sol con la sombrilla. Qué agradable imagen vio en el espejo. El humo de las fogatas llenaba el fondo del jardín y teñía de un azul lechoso los rayos del sol; se infiltraba en los intersticios de las enredaderas, nublando el cielo del follaje. Era la hora más linda, y puedo decirlo sin riesgo de equivocarme, pues en el día de un jardín todas las horas son más lindas, cosa que no advertimos en los cuartos pero que nos asombra siempre, como si no lo supiéramos. Los molinillos aumentaban el canto de los pájaros. El jardinero se movía como un gran cortejo, ceremoniosamente, de planta en planta, sacando bichos de cesto. Sus brazos, incluso en los momentos de descanso, mantenían una curva inconmovible, cargada de regaderas, guadañas, azadas y rastrillos invisibles. Tenía un abundante olor a hoja seca y a tierra húmeda. Había plantado en su vida millones de árboles de diferentes familias. Había trabajado en las islas del Paraná, en las inmediaciones del Tandil, en La Pampa, había llegado más al sur de Río Negro, más al norte del Iguazú, con el mismo atadito de ropa y la misma mujer de rasgos borrados. La misma mujer hacendosa y sin hijos. Tenía olor a hoja seca y a tierra sudada, sobre todo cuando se secaba la transpiración con un gran pañuelo de seda, a rayas violetas y verdes. Vivía en el fondo del jardín en una casita de un solo cuarto. El jardinero removía la tierra con la gran pala, luego deshacía los terrones hasta que se tornaba sedosa y dócil. Sus manos se habían vinculado en tal forma a la tierra que empezaba a arrancar los yuyos con dificultad. Todo contacto con la tierra resultaba una lenta y repetida plantación de manos; ya estaban revestidas como de una especie de corteza oscura, de tuberosa, capaz solamente de brotar en la tierra o en un vaso de agua. Por esa razón evitaba lavárselas en el agua y se las limpiaba en el pasto. Por esa razón, desde hacía un tiempo, evitaba, en lo posible, sumergirlas muy adentro en la tierra y usaba un cuchillito alargado y fino para arrancar los yuyos. Pero aquel día, en un momento de descuido o de apuro, dejó a un lado el cuchillito y puso la mano muy hondo en la tierra para sacar alguna hierba innecesaria. Arrodillado en el fondo del jardín hizo  esfuerzos desesperados por arrancar primero la planta y después la mano. Pero los pasos se acercaban haciendo cantar las piedrecitas. La mano no quería salir de adentro de la tierra. Alzó los ojos y se encontró con esa sonrisa especial que tenía ella cuando cortaba flores, y le oyó decir: Estoy encantada. Nunca he tenido tantas flores". Se quitó la gorra con la mano izquierda y dijo tres veces gracias, con una reverencia que se adivinaba en el movimiento de la cabeza. Siguió hablando: "Desearía plantar algunos arbustos, algunas plantas de adorno cerca del portón. ¿Cuáles aconseja usted?". "¡Hay tantas variedades!", dijo el jardinero sintiendo que su mano crecía adentro de la tierra; "tenemos el Evonimus del Japón, el Evonimus Microphylla o Pulchellus, el Pthotinea Serrulatao Laurel Japonés; todos esos arbustos de hoja perenne sufren poco. Tenemos también el Philadelphus Gronarius o Angélica Arcangélica, vulgarmente llamado Angélica; se cubre de flores blancas en primavera." "Sí, sí, la Angélica es justamente una de las plantas que más me gustan, tiene hojas oscuras, las flores agrupadas en ramitos fragantes y cuidadosos." Siguió caminando haciendo girar el mango de la sombrilla. Sus hijos corrían alrededor de ella. Se detuvieron un rato buscando piedritas en el camino y volvieron corriendo al lugar donde había quedado el jardinero. "¿Qué está haciendo?", le preguntaron sentándose en cuclillas y el hombre les contestó pacientemente: "Estoy arrancando yuyos".Los chicos no se iban; perdieron una moneda o un lápiz que buscaron indefinidamente hasta que se cansaron y se fueron galopando, con soplidos de locomotora. Caía quietamente la noche, desplegando los ruidos acostumbrados. El jardinero oyó que su mujer lo llamaba; recorría los caminos desde la casa hasta el portón. No se movió. En la oscuridad sólo se veía la claridad de los bancos; sabía que la mujer no podía distinguirlo. Se sentó en el suelo; sacó el gran pañuelo a rayas de su bolsillo, siempre con la mano izquierda, y se secó la frente. Empezaba a sentir hambre. Llegaba el olor de la cocinita y un ruido igualmente apetecible de platos y cubiertos. Llamó a su mujer primero débilmente, después más fuerte, hasta que se hizo oír. La mujer acudió corriendo y le preguntó si se había lastimado. "No, no estoy lastimado. Tengo hambre", contestó el jardinero. "¿Y por qué no dejas tu trabajo?. Ya es hora de comer.""No puedo", y le indicó la mano. "¿Pero por qué no la arrancas con más fuerza?". "He hecho todos los esfuerzos posibles." "Entonces", dijo la mujer, tendrás que pasar la noche aquí?". "Sí", contestó el hombre; y después de una pausa:"Tráeme la comida. Cuidado que no te vean." La mujer salió corriendo y volvió al rato con un plato de sopa, ensalada, un trozo de pan. Se había olvidado del vino. El hombre comió con apetito. La mujer lo miraba en la oscuridad, adivinándole el rostro. "¿Tendré que traerte la frazada?". "No", dijo el hombre, "no hace frío."Acabó de comer y se echó en el suelo. La mujer le dijo buenas noches. Después de un rato de estar solo, se acordó de que no había bebido. Quiso llamar a su mujer, pero su voz tembló en el viento como una hoja finísima de papel de seda. Además la puerta de la casita estaba cerrada, las luces apagadas, todo indicaba que su mujer dormía con un sueño pesado. La sed crecía en grandes extensiones de arena; el jardinero las atravesó hasta llegar, en su recuerdo, a una plantación de pinos, en la zona de la Patagonia. Caminaba llevando un hacha y un serrucho. Los troncos eran gruesos, veteados de musgo. Eran ya muy altos pero había que podarlos para que no se fueran en vicio. La poda fue larga; duró días y días. Las ramas surgían como serpientes inesperadas. El bosque se quejaba entre sonoridades líquidas de serrucho. Ese brusco desalojo de pájaros y de bichos habitantes de las ramas dio un desvelo total a la noche. Los árboles se desangraron con una fragancia maravillosa, las heridas se abrieron irisadas de rojo y de azul. El bosque quedó como un gran hospital de árboles heridos, sin brazos y sin piernas. Sentía sed aquel día; la misma sed de ahora, una sed mezclada con olor a resina. Caían lluvias finísimas de humedad, no había pinos, ningún pino. Qué extraño podía ser un jardín sin pinos y sin lambercianas. Las luces de la casa grande estaban todavía encendidas. Había visitas y, después de comer, se paseaban por el jardín, con la dueña de casa. Se arrodilló otra vez en el suelo. Ella lo vio en la oscuridad: "¡Todavía trabajando!", alguien le gritó desde lejos, con voz de bañista agradecida, que se sumerge de nuevo en el agua. El jardinero sintió su mano abrirse adentro de la tierra, bebiendo agua. Subía el agua lentamente por su brazo hasta el corazón. Entonces se acostó entre infinitas sábanas de tierra. Se sintió crecer con muchas cabelleras y brazos verdes. La noche fue larga, muy larga. En la superficie, distintos bichos rozaron el brazo enterrado; no fue más que un leve cosquilleo de lombrices indiferentes. Una oruga remontó laboriosamente la espalda, momentos antes que amaneciera. Nunca el alba fue tan lenta y penosa para pasar claridades entre las ramas, elaborando la mañana. El jardinero oyó que lo llamaban. Quiso agacharse a recoger el cuchillito del 

13 comentarios:

  1. falta el final!!!

    "Quiso agacharse a recoger el cuchillito del suelo, pero su cintura carecía de elasticidad. Desde ese día vivió de acuerdo con las leyes de Pitágoras; el viento y la lluvia se ocuparon de borrar las huellas de su cuerpo en la cama de tierra.

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  2. Esta es una historia que representa a aquellas personas que se cienten aogadas y nesecitan liberarsexde todo el peso que llebqnensima por eso yo pienso que esaw sabanas son ese peso que lleban esas personas que nesecitan ablar con alguien y liberarse eso es lo que pienso yo

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  3. Porque este cuento podria ser extraordinario?

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    1. este cuento no puede ser extraordinario ya que el cuento no presenta nd fuera de la realidad

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  4. Porque este cuento podría ser fantástico ?

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    1. Es fantástico porque tiene un marco real, presenta un hecho que irrumpe con la realidad que conocemos (hecho "sobrenatural"). Si te fijas ocurre algo muy raro que es que los personajes vivencian esa situación como si fuera normal, no se alteran por lo que pasa (la esposa del jardinero que no se sorprende con lo que le pasa a su marido). Este hecho sobre natural no tiene una explicación lógica sino que es tomado como normal dentro de ese cuento.
      Si al final tuviera una explicación lógica/científica (locura, alucinaciones o que fuera un sueño lo que esta pasando) no seria fantástico sino extraño.

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  5. Yo solo vine por tarea vallanse al carajo

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