miércoles, 21 de mayo de 2014

Ejercitación Coherencia y Cohesión III

Realiza los siguientes ejercicios de simplificación:

Se trata de reducir todas las oraciones simples a una compleja sin ninguna repetición y
que incluya todos los datos o informaciones que aportan aquellas:

A)
—Juan es mi amigo.
—Mi amigo tiene una bicicleta.
—La bicicleta de Juan tiene muchas marchas.
—Juan practica media hora de ciclismo diariamente.
B)
—Mi compañera de delante tiene el pelo rubio.
—Mi compañera tiene ojos azules.
—Mi compañera lleva gafas.
—Las gafas de mi compañera no le dejan mostrar su hermosa mirada.
C)
—La hija de mi hermano Raúl es mi sobrina Sofía.
—Sofía es mi sobrina preferida.
—Mi sobrina preferida es esbelta y simpática.
— hermano está muy orgulloso de Sofía.
D)
—Miguel tiene un camión.
—Miguel transporta frutas a Francia.
—El camión de Miguel es muy grande..
—Miguel es un experto conductor.
—Miguel es un hábil comerciante.
—Miguel viaja cada semana para vender frutas a Francia.
E)

—Carmen Rico Godoy es periodista.
—Carmen Rico Godoy escribió “Cómo ser mujer y no morir en el intento”.
—Ana Belén dirigió, la película “Cómo ser mujer y no morir en el intento”.
—Ana. Belén es una excelente cantante.
—Carmen Maura era la protagonista de “Cómo ser mujer y no morir en el intento”.
—Antonio Resines es el protagonista masculino de “Cómo ser mujer y no morir en el
intento”.

miércoles, 30 de abril de 2014

Ejercitación: Coherencia y Cohesión II

Reconocer los recursos de cohesión aplicados:

!) En el colegio recordamos a los héroes del 25 de mayo de 1810. Allí los alumnos leyeron algunos textos t también discursos propios.

2) La fauna silvestre está en peligro de extinción. Su supervivencia depende de la voluntad y la conciencia  de los hombres. Éstos deberán hacerse cargo de su deber.

3) Los equipos grandes están en crisis. Su desempeño y sus cuentas están en el ojo de la tormenta. El primero se refleja en sis resultados, las segundas en sus quiebras.

4) Jorge está preocupado. Él sabe que deberá tomar una decisión antes de fin de año. La toma de decisiones no es su fuerte y por consiguiente se siente apremiado. Deberá enfrentarse a sus complejos.

5) Las canciones del grupo son las primeras en los rankings. esos temas llegan al corazón de la gente y perduran en su inconsciente.

6) Los comercios de los shoppings estuvieron superpoblados. Casas de electrodomésticos, de juguetes, de ropa, triplicaron sus ventas; ventas que de por sí son altas.

7) Las lluvias amontona los últimos años. Este aumento en las precipitaciones es producto del efecto invernadero. Aumentaron aquellas y también otros fenómenos.

8) Diego estudia matemáticas. Las matemáticas son su asignatura preferida.
9) Beatriz tenía un gran enfado. Su enojo no la dejaba ni respirar.
10) Dos obreros de la construcción que trabajaban en un andamio, sufrieron un accidente al
caerse de él. Esto ocurrió ayer.
11) Siguió el hilo de sangre en sentido contrario y, en busca de su origen, atravesó el
granero, pasó por el corredor de las begonias.


12) Javier estudiaba bastante; sin embargo, no aprobaba.

Ejercitación: Coherencia y Cohesión

Escribir correctamente, aplicando recursos de cohesión, los siguientes enunciados:

1) Los aumentos de precios en los remedios afectan a muchas personas. Los remedios son un bien de primera necesidad para esas muchas personas.

2) Las verduras de hoja son un producto central en la gastronomía. En la gastronomía, las verduras de hoja se usan en muchas ensaladas. Las ensaladas aportan muchos nutrientes.

3) Los hombres vienen informales. Las mujeres no vienen muy informales. Los hombres y las mujeres se diferencian en el grado de informalidad con la que hacen las cosas de hombres y mujeres.

4) El pueblo lucha por sus derechos. Los derechos del pueblo son pisoteados por los dictadores. Los derechos del pueblo son pisoteados por los dictadores y por las fuerzas de seguridad.


Ejercitación: oraciones compuestas coordinadas y yuxtapuestas

1)      Nevó; los esquiadores están felices.
2)      Los entrenaron todo el día por eso el equipo está bien preparado.
3)      ¡Uy!, le pegue a mi amigo.
4)      Estudié bastante pero la prueba será difícil.
5)      Buscan secretaria: las postulantes hacen una larga fila frente a la oficina.
6)      Por suerte, Boca clasificará primero.
7)      Se midió el afiche con una regla; éste tenía la medida justa.
8)      El equipo tenía nuevos jugadores: todos estaban listos para el entrenamiento.
9)      Los vientos erosionan las rocas y éstas cambian su forma lentamente.
10)   Atención, el guía está preparado para salir.
11)   Los amigos prepararon el viaje desde hace mucho tiempo por lo cual hay mucha ansiedad.
12)   Mariana dejó el cuarto ordenado; su madre contenta.
13)   Purmamarca es un pueblo tranquilo; Tilcara tiene más movimiento.
14)   La vegetación típica del monte es el matorral mientras la de la selva son los árboles tropicales.
15)   Amigos, les presento a mi novia.
16)   Los antiguos dioses de Grecia y Roma convivían con los humanos pero éstos nunca alcanzaban su condición.
17)   Había sol por eso fuimos a la plaza con el equipo de mate.
18)   ¡Epa, sos una caja de sorpresas!
19)   Algunos tienen todo; otros no tienen nada.
20)   Mucha gente compra comida hecha pero la mayoría cocina en su casa.


martes, 29 de abril de 2014

Ejercitación de Oraciones subordinadas adjetivas

1- El colegio sancionó a los alumnos que rompieron los vidrios.
2- Yo soy el que golpeó la puerta.
3- Los amigos de mi hermano tienen  un equipo cuya delantera es la más goleadora.
4- Volvimos al campamento temprano como nos habían aconsejado.
5- Me encontré con Juan donde habíamos previsto hacerlo.
6- Mi viejo me regaló la moto que quería desde tiempo atrás.
7- El viejo de la calesita es quien la hace andar todos los días.
8- El hombre cuya cara está en todas las publicidades está cansado de su oficio..
9- Los amigos que encontraron las llaves son quienes se llevan el premio.
10- La casa que estaba en la costa fue vendida a buen precio.
11-Llegamos al campamento hoy cuando ya nadie nos esperaba.
12- Mariana que es muy buena cocinera preparó las tortas para el cumpleaños de su hija.
13- Los amigos se juntan en la plaza donde también se juntaban sus padres.
14- Hoy hablé con la chica que me presentaron mis amigos.
15- Prefiero el verano cuando no queda un alma en la ciudad.
16- Los dirigentes presentaron al jugador cuya habilidad es famosa en el mundo entero.
17- Comencé a estudiar ayer cuando mis compañeros me trajeron las tareas.
18- Ana que es friolenta está muy abrigada.
19- Juan resolvió los ejercicios para todos sus compañeros que no entendían los temas.
20- Todos fueron con José cuya camioneta tenía capacidad suficiente para llevarlos.




La gallina degollada (Horacio Quiroga)

Todo el día sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la boca abierta.
El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.
Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.
El mayor tenía doce años y el menor, ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo. ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?
Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.
Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.
—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.
El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
—A usted se le puede decir: creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.
—¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que...?
—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar detenidamente.
Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.
Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente el segundo hijo amanecía idiota.
Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!
Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.
Mas por encima de su inmensa amargura quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo, abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más.
Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.
No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.
Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.
—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos—que podrías tener más limpios a los muchachos.
Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
—De nuestros hijos, ¿me parece?
—Bueno, de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.
Esta vez Mazzini se expresó claramente:
—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba más!... —murmuró.
—¿Qué no faltaba más?
—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.
—Como quieras; pero si quieres decir...
—¡Berta!
—¡Como quieras!
Éste fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.
Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.
Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo. No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.
Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.
Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.
—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces...?
—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
Ella se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo tanto!
—Ni yo jamás te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla!
—¡Qué! ¿Qué dijiste?...
—¡Nada!
—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!
Mazzini se puso pálido.
—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!
—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez.
—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!
Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto infames fueran los agravios.
Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.
El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar la frescura de la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...
—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.
—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.
Después de almorzar salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.
Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.
De pronto algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero aun no alcanzaba. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.
Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.
Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.
—¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.
—Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.
Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
—Me parece que te llama—le dijo a Berta.
Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
—¡Bertita!
Nadie respondió.
—¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.
Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.
—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:
—¡No entres! ¡No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.

viernes, 25 de abril de 2014

Propiedades de los textos verbales: Coherencia. Cohesión, Adecuación

* COHERENCIA
La coherencia es una propiedad de los textos que permite la continuidad de sentido y hace posible que los receptores puedan asignarle un tema global. Esa continuidad se establece mediante dos instancias durante la emisión.
1) Selección del contenido informativo relevante en función del propósito comunicativo del texto; es decir, algunos contenidos serán relevantes para el objetivo comunicativo y otros no.
2) Organización de la información seleccionada mediante estrategias de progresión temática. Para ello, hay cierta información –ideas, conocimientos- que el emisor da por conocida por el destinatario, por su experiencia de vida o por haberla mencionado en el texto previamente. A esa información conocida o tema agrega información nueva o rema mediante ejemplos, definiciones, refutaciones… Así, la progresión temática es el enlace de un tema con sus remas. Ese enlace es posible porque, en un texto coherente, todas sus partes desarrollan algún aspecto del tema global.
Además en los textos hay información explícita e implícita y esto se relaciona con el destinatario del texto –a quien el emisor considera al producir su mensaje.
Por ejemplo, en una clase de Historia sobre Juan M. de Rosas, el profesor debería explicar a sus alumnos que éste gobernó entre 1829 y 1851, en cambio, si el profesor dialoga sobre el mismo tema con un colega, dará esa información por sobreentendida.

* COHESIÓN
La cohesión es otra propiedad del texto que también interviene en la construcción de un sentido global porque relaciona las partes que lo componen. Para establecer esas relaciones, las personas disponemos de un conjunto de recursos cohesivos de dos tipos: los de cohesión léxica y los de cohesión gramatical.

Cohesión léxica. Son recursos que relacionan  partes del texto semántica o temáticamente, es decir, por medio del significado de las palabras o de su relación con el tema que se desarrolla. Consisten en la repetición y sustitución de palabras y/o expresiones que ofrecen indicios sobre el tema global del texto y construyen su sentido global.
  • Repetición: se produce cuando se reitera una palabra o expresión porque no tiene un término equivalente, o sí los tiene pero el emisor opta por no usarlos. Por ejemplo: La materia de una página de Internet son los bits. Un bit es una unidad mínima de información que puede almacenar y procesar una computadora .
  • Sustitución: Implica reemplazar una palabra o expresión por otra equivalente que se refiere al mismo tema. Esa palabra o expresión se denomina “referente”. La sustitución puede darse por palabras o  expresiones sinónimas. Por ejemplo: Internet tiene grandes potencialidades para la formación de lectores.  La red abre un mundo de textos diversos.// Sustitución por hipónimos, hiperónimos y palabras generales. Los hipónimos: denominan a los elementos que integran un conjunto. Así, Cien años de soledad, Rayuela y La muerte de Artemio Cruz son novelas pertenecientes al boom de la literatura latinoamericana, que fue un fenómeno de ventas y renovación literaria en la década del 60. Los hiperónimos designan a una clase de palabra o conjunto que engloba a los respectivos hipónimos y por eso pueden reemplazarlos. Así, “novela” y “cuadro” son hipónimos del hiperónimo “ambos textos” en el siguiente ejemplo: “Se expusieron la primera edición de su novela y un cuadro del artista. Ambos textos forman parte del patrimonio cultural del museo.”

Cohesión gramatical. Los recursos de cohesión gramatical permiten relacionar partes del texto por las funciones sintácticas que desempeñan.
  • Cohesión por pronombres: este procedimiento consiste en referir –mediante pronombres demostrativos, personales o posesivos- a una palabra o expresión anterior o posterior en el texto. Por ejemplo: “Uno y otro acontecimiento son de dimensión poco comparable, pero ambos requieren cierta complejidad de razonamiento que parece negada a la TV argentina (…) No quiero decir con esto que los diarios son…”.
  • Supresión o elipsis: se produce cuando se omite una palabra o grupo de palabras, pero puede reponerse a partir de la información precedente. El caso más común de elipsis es el sujeto tácito. Por ejemplo: Juan se divirtió mucho. Nosotros también. O Pablo juega al fútbol. Sol, al básquet
  • Conexión. Este recurso permite explicitar por medio de elementos lingüísticos denominados conectores, relaciones entre partes de un texto. Según la relación que establecen pueden ser: ADITIVOS, CONTRASTIVOS, CAUSATIVOS, CONSECUTIVOS, FINALES, TEMPORALES, ESPACIALES.

* ADECUACIÓN. Es una propiedad de los textos que está relacionada con la emisión. Los textos se insertan en situaciones comunicativas específicas, atravesadas por determinadas convenciones sociales, para que su propósito comunicativo se cumpla se procura que el lenguaje sea adecuado a esas situaciones. Por ejemplo si se quiere enviar una carta a las autoridades del colegio no se redactará de la misma manera que una destinada a un amigo o familiar. La adecuación es la propiedad que determina cómo debe usarse el lenguaje en cada situación comunicativa; esto comprende: variedad de la lengua (dialectal-estándar) y registro (general/ específico, oral/escrito, formal/informal, objetivo/subjetivo).






sábado, 22 de marzo de 2014

La galera (M. Lainez) por A. Laiseca


Claves de lectura: Horacio Quiroga


El racista (Isaac Asimov)

El cirujano alzó la cabeza; su rostro era inexpresivo.
-¿Está preparado? –preguntó.
-Preparado es un término relativo –dijo el ingeniero médico-. Nosotros estamos preparados. Él está quieto.
-Bueno, siempre lo están... Al fin y al cabo se trata de una operación importante.
-Importante o no, el paciente debe estar agradecido. Se lo ha elegido entre una enorme cantidad de candidatos y, francamente, no creo que...
-No lo diga –interrumpió el cirujano-. No nos corresponde a nosotros tomar la decisión.
-La aceptamos; pero, ¿acaso tenemos que mostrarnos de acuerdo?
-Sí – repuso vivamente el cirujano-. Tenemos que aceptarla totalmente y de buen grado. Es una intervención tan enormemente complicada que no podemos realizarla con ninguna clase de reservas mentales. Este hombre ha demostrado sus méritos en numerosos aspectos, y sus características resultan adecuadas para la Junta de Mortalidad.
-Está bien –dijo el ingeniero médico.
-Le veré aquí mismo –declaró el cirujano-. Me parece que la ocasión no se presta demasiado a palabras de aliento.
-Tampoco servirían de mucho. Está bastante nervioso, y ya ha tomado una decisión.
-¿Lo ha hecho?
-Sí. Quiere metal, como todos.
El semblante del cirujano continuó imperturbable. Se miró las manos y dijo:
-A veces se puede tratar con ellos acerca de ese asunto.
-¿Para qué preocuparse? Si quiere metal, que sea metal.
-¿A usted no le importa?
-¿Por qué habría de importarme? –manifestó el ingeniero mecánico casi con brutalidad-. Al fin y al cabo, se trata de un problema de ingeniería médica, y yo soy ingeniero médico. Sea como sea, tengo que resolver el problema. No veo motivo para inquietarme por nada más. No obstante, el cirujano declaró con firmeza:
-Para mí es un asunto de correcto proceder.
-No puede usted utilizar ese argumento. ¿Qué le importa al paciente el correcto proceder?
-A mí sí me importa.
-Usted integra una minoría. La tendencia general va en contra suya. No tiene ninguna posibilidad.
Debo intentarlo.
El cirujano hizo un ademán al ingeniero médico para que guardase silencio. No era un gesto impaciente, sino simplemente apresurado. Ya había informado previamente a la enfermera, y le indicaron que ésta se acercaba al quirófano. El cirujano oprimió un botón y las dos hojas de la puerta se corrieron. El paciente entró en su silla de motor acompañado por la enfermera, que avanzaba ágilmente a su lado.
-Puede retirarse, enfermera –dijo el cirujano-. Pero aguarde fuera. La llamaré más tarde.
Luego hizo una seña con la cabeza al ingeniero médico, que salió con la enfermera, y la puerta se cerró detrás de ellos.
El hombre de la silla miró por encima de un hombro y los vio marcharse. Tenía el cuello muy delgado y unas finas arrugas en torno a los ojos. Estaba recién afeitado, y los dedos, que aferraban con fuerza los brazos de la silla, mostraban unas uñas manicuradas. Era un paciente de alta categoría, y en su rostro se apreciaba un gesto displicente.
-¿Vamos a empezar hoy? –preguntó.
-Esta misma tarde, senador –repuso el cirujano asintiendo con la cabeza.
-Tengo entendido que esto llevará varias semanas.
-La operación en sí misma no, pero existe una serie de asuntos secundarios que deben tenerse en cuenta. Habrá que realizar una transfusión de sangre y ciertos ajustes hormonales. Se trata de cuestiones delicadas.
-¿Es peligroso...? –inquirió el enfermo, y luego, como si sintiera la necesidad de establecer una relación amistosa, pero evidentemente en contra de su voluntad, añadió:- ¿doctor?
Al cirujano le pasaron desapercibidos aquellos matices expresivos y dijo escuetamente:
-Todo resulta peligroso. Le dedicamos suficiente tiempo para que sea lo menos arriesgado posible. Este tiempo, junto con la capacidad de muchos especialistas agrupados y el instrumental adecuado, hacen que tales operaciones sólo estén al alcance de muy pocos.
-Lo sé –afirmó el paciente, algo inquieto-. Y me niego a sentirme culpable por eso. ¿O es que insinúa que le estoy presionando?
-En absoluto, senador. Las decisiones de la Junta nunca han sido discutidas. Sólo menciono la dificultad y complejidad de la intervención con el fin de poner de manifiesto mi deseo de llevarla a cabo del mejor modo posible.
-Bien, hágalo así, entonces. Ése es también mi deseo.
-En tal caso, debo pedirle que tome una decisión. Es posible aplicarle un ciber-corazón de una de estas dos clases: de metal, o bien...
-¡O de plástico! –le interrumpió, irritado, el paciente-. ¿No es ésa la alternativa que me ofrece, doctor? Plástico barato. Yo no quiero eso. Ya he hecho mi elección, y quiero que sea de metal.
-Pero...
-Escúcheme. Me han dicho que la elección tengo que tomarla yo solo. ¿Es eso cierto?
El cirujano asintió, y dijo:
-Cuando dos posibilidades son del mismo valor desde el punto de vista médico, la elección recae en el enfermo, aun cuando las posibilidades no sean iguales, como ocurre en este caso.
Los ojos del paciente brillaron.
-¿Pretende usted decirme que el corazón de plástico es superior? –inquirió-
-Eso depende del paciente. En mi opinión, a usted no le conviene el metal. Y preferimos no utilizar la palabra plástico. Se trata de un ciber-corazón fibroso.
-Por lo que a mí respecta, es plástico.
-Senador –dijo el cirujano con infinita paciencia-, el material no es plástico en el sentido ordinario de la palabra. Es un polímero, ciertamente, pero mucho más complejo que el plástico corriente. El material es una fibra proteínica compuesta, con la que se ha conseguido imitar hasta donde ha sido posible el tejido natural del corazón humano, el mismo que tiene usted dentro del pecho en este momento.
-Exactamente; y el corazón humano que tengo dentro del pecho ya está gastado a pesar de que no he cumplido todavía los sesenta años. Yo no quiero nada parecido a esto, muchas gracias. Yo quiero algo mejor.
-Todos queremos algo mejor para usted, senador. El ciber-corazón fibroso será mejor. Posee una vida potencial de varios siglos. Es totalmente antialérgico...
-¿No lo es el corazón metálico, acaso?
-Sí, lo es –repuso el cirujano-. El ciber-corazón metálico está formado por una aleación de titanio que...
-¿Y no es cierto que no se desgasta y que es más fuerte que el plástico, o la fibra, o como usted quiera llamarle?
-El metal resulta físicamente más resistente, en efecto; pero la fortaleza mecánica no es lo único que debe tenerse en cuenta. Dicha resistencia no es indispensable mientras el corazón esté bien protegido. Cualquier agente capaz de llegar a su corazón podrá matarle por otras razones, aunque sea un corazón metálico.
El paciente se encogió de hombros y manifestó:
-Entonces, cuando me rompa una costilla, haré que también me la pongan de titanio. La sustitución de huesos resulta fácil. Todo el mundo puede conseguir que le hagan eso en cualquier momento. Yo seré todo lo metálico que quiera, doctor.
-Está usted en su derecho, si así lo prefiere. Sin embargo debo hablarle con franqueza y decirle que si bien ningún ciber corazón metálico ha fallado mecánicamente, sí han fallado algunos electrónicamente.
-¿Qué significa eso?
-Eso significa que todo ciber-corazón posee un pulsarregulador como parte integrante de su estructura. En el caso de la variedad metálica se trata de un mecanismo electrónico que mantiene el ritmo cardíaco. Ello implica que hay que colocar todo un equipo en miniatura que altere el ritmo del corazón de acuerdo con el estado emotivo y físico del individuo. En ocasiones, esto ha fracasado, y la persona ha muerto antes de que se pudiera corregir el defecto.
-Nunca he oído hablar de tales casos.
-Yo le aseguro que han ocurrido.
-¿Y sucede a menudo?
-De ningún modo. Sólo muy raras veces.
-Bien, entonces correré ese riesgo. ¿Y qué me dice del corazón de plástico? ¿No lleva también un pulsarregulador?
-En efecto, senador. Pera la estructura química del ciber-corazón fibroso es mucho más parecida a la del tejido cardíaco del hombre. Puede responder mejor a los estímulos iónicos y hormonales del organismo. El elemento a insertar es, en este caso, mucho más sencillo que en el del ciber-corazón metálico.
-¿No escapa nunca al control hormonal el corazón de plástico?
-Hasta ahora nunca ha ocurrido.
-Porque no han trabajado con él un tiempo lo bastante largo, ¿no es así?
El cirujano vaciló un momento, y luego respondió:
-Bueno, es cierto que el corazón fibroso lleva en uso menos tiempo que el metálico...
-¿Lo ve usted? ¿Qué teme, doctor, que quiera conventirme en un robot, en un metalo, como los llaman desde que se les otorgó la ciudadanía?
-No tiene nada de malo el metalo. Como bien dice usted se trata de ciudadanos. Pero usted no es un metalo, sino un ser humano. ¿Por qué no seguir siendo un ser humano?
-Porque deseo lo mejor, y eso es el corazón metálico, entiéndalo bien.
-Perfectamente –contestó el cirujano-. Se le pedirá que firme los correspondientes permisos, y luego le colocaremos un corazón de metal.
-¿Y quién será el cirujano que me intervenga? Me han dicho que usted es el mejor.
-Seré yo mismo. Haré lo posible para que el trasplante tenga éxito.
Abrióse la puerta, y el paciente salió en su silla acompañado por la enfermera.
Luego entró el ingeniero medico, que permaneció mirando hasta que la puerta se hubo cerrado a espaldas del paciente. Entonces se volvió al cirujano y dijo:
-Bueno, no puedo adivinar lo que ocurrió. Dígame, ¿cuál fue su decisión?
-El cirujano inclinóse sobre su escritorio y perforó las instrucciones finales para los registros.
-La que usted predijo. Quiere un ciber-corazón metálico.
-Después de todo, son los mejores.
-No siempre. Llevan más tiempo usándose, eso es todo. Es la manía que tiene la humanidad, desde que los metalos han adquirido la ciudadanía. El hombre tiene el singular anhelo de hacer de sí mismo un metalo. Suspira por la fuerza física y por la resistencia que se les atribuye.
-Ellos no son los únicos, doctor. Usted no trabaja con metalos pero yo sí, de modo que sé lo que ocurre. Los dos últimos que ingresaron para someterse a reparaciones me pidieron elementos fibrosos.
-¿Se los proporcionó?
-En un caso, sí; se trataba tan sólo de colocar tendones. No había demasiada diferencia entre insertar metal o fibra. El otro, en cambio, deseaba un aparato circulatorio o su equivalente. Yo le dije que no podía hacerlo. Para ello se hubiera tenido que modificar totalmente la estructura de su organismo, aplicando material fibroso... Es de suponer que algún día llegaremos también a eso. Habrá metalos que no sean totalmente de metal, sino una especie de combinación metálica de carne y sangre.
-¿No le preocupa esa idea?
-¿Por qué? Análogamente, habrá seres humanos metalizados. Hoy poseemos dos variedades de seres inteligentes en la
Tierra, y es absurdo que nos estemos preocupando por las dos. Dejemos que se acerquen la una a la otra, y al fin no existirá diferencia alguna. ¿Para qué 

Espantos de agosto (G. García Márquez)

Llegamos a Arezzo un poco antes del medio día, y perdimos más de dos horas buscando el castillo renacentista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había comprado en aquel recodo idílico de la campiña toscana. Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil encontrar a alguien que supiera algo en las calles abarrotadas de turistas. Al cabo de muchas tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad por un sendero de cipreses sin indicaciones viales, y una vieja pastora de gansos nos indicó con precisión dónde estaba el castillo. Antes de despedirse nos preguntó si pensábamos dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos previsto, que sólo íbamos a almorzar.
-Menos mal -dijo ella- porque en esa casa espantan.
Mi esposa y yo, que no creemos en aparecidos del medio día, nos burlamos de su credulidad. Pero nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron dichosos con la idea de conocer un fantasma de cuerpo presente.
Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era un anfitrión espléndido y un comedor refinado, nos esperaba con un almuerzo de nunca olvidar. Como se nos había hecho tarde no tuvimos tiempo de conocer el interior del castillo antes de sentarnos a la mesa, pero su aspecto desde fuera no tenía nada de pavoroso, y cualquier inquietud se disipaba con la visión completa de la ciudad desde la terraza florida donde estábamos almorzando. Era difícil creer que en aquella colina de casas encaramadas, donde apenas cabían noventa mil personas, hubieran nacido tantos hombres de genio perdurable. Sin embargo, Miguel Otero Silva nos dijo con su humor caribe que ninguno de tantos era el más insigne de Arezzo.
-El más grande -sentenció- fue Ludovico.
Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las artes y de la guerra, que había construido aquel castillo de su desgracia, y de quien Miguel nos habló durante todo el almuerzo. Nos habló de su poder inmenso, de su amor contrariado y de su muerte espantosa. Nos contó cómo fue que en un instante de locura del corazón había apuñalado a su dama en el lecho donde acababan de amarse, y luego azuzó contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que lo despedazaron a dentelladas. Nos aseguró, muy en serio, que a partir de la media noche el espectro de Ludovico deambulaba por la casa en tinieblas tratando de conseguir el sosiego en su purgatorio de amor.
El castillo, en realidad, era inmenso y sombrío. Pero a pleno día, con el estómago lleno y el corazón contento, el relato de Miguel no podía parecer sino una broma como tantas otras suyas para entretener a sus invitados. Los ochenta y dos cuartos que recorrimos sin asombro después de la siesta, habían padecido toda clase de mudanzas de sus dueños sucesivos. Miguel había restaurado por completo la planta baja y se había hecho construir un dormitorio moderno con suelos de mármol e instalaciones para sauna y cultura física, y la terraza de flores intensas donde habíamos almorzado. La segunda planta, que había sido la más usada en el curso de los siglos, era una sucesión de cuartos sin ningún carácter, con muebles de diferentes épocas abandonados a su suerte. Pero en la última se conservaba una habitación intacta por donde el tiempo se había olvidado de pasar. Era el dormitorio de Ludovico.
Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de cortinas bordadas con hilos de oro, y el sobrecama de prodigios de pasamanería todavía acartonado por la sangre seca de la amante sacrificada. Estaba la chimenea con las cenizas heladas y el último leño convertido en piedra, el armario con sus armas bien cebadas, y el retrato al óleo del caballero pensativo en un marco de oro, pintado por alguno de los maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de sobrevivir a su tiempo. Sin embargo, lo que más me impresionó fue el olor de fresas recientes que permanecía estancado sin explicación posible en el ámbito del dormitorio.
Los días del verano son largos y parsimoniosos en la Toscana, y el horizonte se mantiene en su sitio hasta las nueve de la noche. Cuando terminamos de conocer el castillo eran más de las cinco, pero Miguel insistió en llevarnos a ver los frescos de Piero della Francesca en la Iglesia de San Francisco, luego nos tomamos un café bien conversado bajo las pérgolas de la plaza, y cuando regresamos para recoger las maletas encontramos la cena servida. De modo que nos quedamos a cenar.
Mientras lo hacíamos, bajo un cielo malva con una sola estrella, los niños prendieron unas antorchas en la cocina, y se fueron a explorar las tinieblas en los pisos altos. Desde la mesa oíamos sus galopes de caballos cerreros por las escaleras, los lamentos de las puertas, los gritos felices llamando a Ludovico en los cuartos tenebrosos. Fue a ellos a quienes se les ocurrió la mala idea de quedarnos a dormir. Miguel Otero Silva los apoyó encantado, y nosotros no tuvimos el valor civil de decirles que no.
Al contrario de lo que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa y yo en un dormitorio de la planta baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Ambos habían sido modernizados y no tenían nada de tenebrosos. Mientras trataba de conseguir el sueño conté los doce toques insomnes del reloj de péndulo de la sala, y me acordé de la advertencia pavorosa de la pastora de gansos. Pero estábamos tan cansados que nos dormimos muy pronto, en un sueño denso y continuo, y desperté después de las siete con un sol espléndido entre las enredaderas de la ventana. A mi lado, mi esposa navegaba en el mar apacible de los inocentes. "Qué tontería -me dije-, que alguien siga creyendo en fantasmas por estos tiempos". Sólo entonces me estremeció el olor de fresas recién cortadas, y vi la chimenea con las cenizas frías y el último leño convertido en piedra, y el retrato del caballero triste que nos miraba desde tres siglos antes en el marco de oro. Pues no estábamos en la alcoba de la planta baja donde nos habíamos acostado la noche anterior, sino en el dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las cortinas polvorientas y las sábanas empapadas de sangre todavía caliente de su cama maldita.


Sábanas de Tierra (Silvina Ocampo)

"Jardinero. Arboricultor. Floricultor se ofrece. Besares 451." Sonrió, desde hacía más de un año este aviso se confundía entre naftalinas en el bolsillo de su tricota. Estrujó el papel en sus manos y lo tiró al suelo. Recostó la cabeza contra la silla de paja, dio un suspiro de alivio y dijo a su marido: "Qué suerte que tenemos un buen jardinero". El marido la miró por encima del diario. "Un verdadero jardinero", siguió diciendo, "que trata con ternura a las plantas y que realmente las quiere como a pequeños hijitos" y, al decir estas palabras, sintió la plenitud de su felicidad: sus hijos estaban sanos, hacía lindo día, había encontrado un buen jardinero. Sentada en la terraza, envuelta en la blancura de su vestido, sintió lo que deben sentir todas las mujeres de blanco en un día radiante; se sintió transparente e impersonal como el día, rodeada por la presencia de muchedumbres de flores que la esperaban. Se puso los guantes, tomó las tijeras de cortar flores y bajó al jardín atajándose el sol con la sombrilla. Qué agradable imagen vio en el espejo. El humo de las fogatas llenaba el fondo del jardín y teñía de un azul lechoso los rayos del sol; se infiltraba en los intersticios de las enredaderas, nublando el cielo del follaje. Era la hora más linda, y puedo decirlo sin riesgo de equivocarme, pues en el día de un jardín todas las horas son más lindas, cosa que no advertimos en los cuartos pero que nos asombra siempre, como si no lo supiéramos. Los molinillos aumentaban el canto de los pájaros. El jardinero se movía como un gran cortejo, ceremoniosamente, de planta en planta, sacando bichos de cesto. Sus brazos, incluso en los momentos de descanso, mantenían una curva inconmovible, cargada de regaderas, guadañas, azadas y rastrillos invisibles. Tenía un abundante olor a hoja seca y a tierra húmeda. Había plantado en su vida millones de árboles de diferentes familias. Había trabajado en las islas del Paraná, en las inmediaciones del Tandil, en La Pampa, había llegado más al sur de Río Negro, más al norte del Iguazú, con el mismo atadito de ropa y la misma mujer de rasgos borrados. La misma mujer hacendosa y sin hijos. Tenía olor a hoja seca y a tierra sudada, sobre todo cuando se secaba la transpiración con un gran pañuelo de seda, a rayas violetas y verdes. Vivía en el fondo del jardín en una casita de un solo cuarto. El jardinero removía la tierra con la gran pala, luego deshacía los terrones hasta que se tornaba sedosa y dócil. Sus manos se habían vinculado en tal forma a la tierra que empezaba a arrancar los yuyos con dificultad. Todo contacto con la tierra resultaba una lenta y repetida plantación de manos; ya estaban revestidas como de una especie de corteza oscura, de tuberosa, capaz solamente de brotar en la tierra o en un vaso de agua. Por esa razón evitaba lavárselas en el agua y se las limpiaba en el pasto. Por esa razón, desde hacía un tiempo, evitaba, en lo posible, sumergirlas muy adentro en la tierra y usaba un cuchillito alargado y fino para arrancar los yuyos. Pero aquel día, en un momento de descuido o de apuro, dejó a un lado el cuchillito y puso la mano muy hondo en la tierra para sacar alguna hierba innecesaria. Arrodillado en el fondo del jardín hizo  esfuerzos desesperados por arrancar primero la planta y después la mano. Pero los pasos se acercaban haciendo cantar las piedrecitas. La mano no quería salir de adentro de la tierra. Alzó los ojos y se encontró con esa sonrisa especial que tenía ella cuando cortaba flores, y le oyó decir: Estoy encantada. Nunca he tenido tantas flores". Se quitó la gorra con la mano izquierda y dijo tres veces gracias, con una reverencia que se adivinaba en el movimiento de la cabeza. Siguió hablando: "Desearía plantar algunos arbustos, algunas plantas de adorno cerca del portón. ¿Cuáles aconseja usted?". "¡Hay tantas variedades!", dijo el jardinero sintiendo que su mano crecía adentro de la tierra; "tenemos el Evonimus del Japón, el Evonimus Microphylla o Pulchellus, el Pthotinea Serrulatao Laurel Japonés; todos esos arbustos de hoja perenne sufren poco. Tenemos también el Philadelphus Gronarius o Angélica Arcangélica, vulgarmente llamado Angélica; se cubre de flores blancas en primavera." "Sí, sí, la Angélica es justamente una de las plantas que más me gustan, tiene hojas oscuras, las flores agrupadas en ramitos fragantes y cuidadosos." Siguió caminando haciendo girar el mango de la sombrilla. Sus hijos corrían alrededor de ella. Se detuvieron un rato buscando piedritas en el camino y volvieron corriendo al lugar donde había quedado el jardinero. "¿Qué está haciendo?", le preguntaron sentándose en cuclillas y el hombre les contestó pacientemente: "Estoy arrancando yuyos".Los chicos no se iban; perdieron una moneda o un lápiz que buscaron indefinidamente hasta que se cansaron y se fueron galopando, con soplidos de locomotora. Caía quietamente la noche, desplegando los ruidos acostumbrados. El jardinero oyó que su mujer lo llamaba; recorría los caminos desde la casa hasta el portón. No se movió. En la oscuridad sólo se veía la claridad de los bancos; sabía que la mujer no podía distinguirlo. Se sentó en el suelo; sacó el gran pañuelo a rayas de su bolsillo, siempre con la mano izquierda, y se secó la frente. Empezaba a sentir hambre. Llegaba el olor de la cocinita y un ruido igualmente apetecible de platos y cubiertos. Llamó a su mujer primero débilmente, después más fuerte, hasta que se hizo oír. La mujer acudió corriendo y le preguntó si se había lastimado. "No, no estoy lastimado. Tengo hambre", contestó el jardinero. "¿Y por qué no dejas tu trabajo?. Ya es hora de comer.""No puedo", y le indicó la mano. "¿Pero por qué no la arrancas con más fuerza?". "He hecho todos los esfuerzos posibles." "Entonces", dijo la mujer, tendrás que pasar la noche aquí?". "Sí", contestó el hombre; y después de una pausa:"Tráeme la comida. Cuidado que no te vean." La mujer salió corriendo y volvió al rato con un plato de sopa, ensalada, un trozo de pan. Se había olvidado del vino. El hombre comió con apetito. La mujer lo miraba en la oscuridad, adivinándole el rostro. "¿Tendré que traerte la frazada?". "No", dijo el hombre, "no hace frío."Acabó de comer y se echó en el suelo. La mujer le dijo buenas noches. Después de un rato de estar solo, se acordó de que no había bebido. Quiso llamar a su mujer, pero su voz tembló en el viento como una hoja finísima de papel de seda. Además la puerta de la casita estaba cerrada, las luces apagadas, todo indicaba que su mujer dormía con un sueño pesado. La sed crecía en grandes extensiones de arena; el jardinero las atravesó hasta llegar, en su recuerdo, a una plantación de pinos, en la zona de la Patagonia. Caminaba llevando un hacha y un serrucho. Los troncos eran gruesos, veteados de musgo. Eran ya muy altos pero había que podarlos para que no se fueran en vicio. La poda fue larga; duró días y días. Las ramas surgían como serpientes inesperadas. El bosque se quejaba entre sonoridades líquidas de serrucho. Ese brusco desalojo de pájaros y de bichos habitantes de las ramas dio un desvelo total a la noche. Los árboles se desangraron con una fragancia maravillosa, las heridas se abrieron irisadas de rojo y de azul. El bosque quedó como un gran hospital de árboles heridos, sin brazos y sin piernas. Sentía sed aquel día; la misma sed de ahora, una sed mezclada con olor a resina. Caían lluvias finísimas de humedad, no había pinos, ningún pino. Qué extraño podía ser un jardín sin pinos y sin lambercianas. Las luces de la casa grande estaban todavía encendidas. Había visitas y, después de comer, se paseaban por el jardín, con la dueña de casa. Se arrodilló otra vez en el suelo. Ella lo vio en la oscuridad: "¡Todavía trabajando!", alguien le gritó desde lejos, con voz de bañista agradecida, que se sumerge de nuevo en el agua. El jardinero sintió su mano abrirse adentro de la tierra, bebiendo agua. Subía el agua lentamente por su brazo hasta el corazón. Entonces se acostó entre infinitas sábanas de tierra. Se sintió crecer con muchas cabelleras y brazos verdes. La noche fue larga, muy larga. En la superficie, distintos bichos rozaron el brazo enterrado; no fue más que un leve cosquilleo de lombrices indiferentes. Una oruga remontó laboriosamente la espalda, momentos antes que amaneciera. Nunca el alba fue tan lenta y penosa para pasar claridades entre las ramas, elaborando la mañana. El jardinero oyó que lo llamaban. Quiso agacharse a recoger el cuchillito del