sábado, 22 de marzo de 2014

El almohadón de plumas (Horacio Quiroga)

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
Durante tres meses -se habían casado en abril- vivieron una dicha especial.

Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.

La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.

-No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.

Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.

-¡Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.

-Pst... -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio... poco hay que hacer...

-¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.

Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.

Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.

Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.

Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.

-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

-Levántelo a la luz -le dijo Jordán.

La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.

-¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.

-Pesa mucho -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.

Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.


La noche boca arriba (Julio Cortázar)

A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del   rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez;   llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo,   para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y   un viento fresco le chicoteaba los pantalones. 
        Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora  entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pié y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe. 
        Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía  gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. "Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado..."; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio. 
        La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. "Natural", dijo él. "Como que me la ligué encima..." Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerro los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento. 
        Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás. 
        Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían. 
        Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. "Huele a guerra", pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante. 
        -Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de al lado-. No brinque tanto, amigazo. 
        Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su  vecino, se despegó casi físicamente de la última a visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con  pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para  mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero  saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos,  respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una  enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes, como estar  viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor, y quedarse. 
        Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trocito de pan, mas precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose. 
        Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos  negro que el resto. "La calzada", pensó. "Me salí de la calzada." Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y  ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él, aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y al la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y  llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada mas allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores. 
        Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás. 
      -Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien. 
      Al lado de la noche de donde volvía la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin... Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco. 
        Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno. 
        Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el mas fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo  llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un  reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y  danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas,  pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero como  impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de su vida. 
        Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de  imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de  esas imágenes que seguían pegados a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente,   y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que  pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba  mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto  hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía  interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a   acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante  le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado,  descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían  por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo  perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que  arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo  por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en al cama, a salvo del  balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía  hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a  despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño  en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni  humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo  habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él  boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras. 



viernes, 21 de marzo de 2014

Sexto Sentido


Ciencia Ficción

Sus antecedentes son Frankenstein y El extraño caso del dr Jekill y Mr Hide, ambos textos del siglo XIX (uno en la primera mitad y otro en la segunda). Diferían de otras novelas de características fantásticas por el hecho de que nlos hechos insólitos son desatados por hallazgos producidos en el campo científico.
Julio Verne (1828-1905) escribe texto con elementos inexistentes en su época pero verosímiles ya que los avances científicos que se habían alcanzado en la época permitían alcanzarlos.
G. H. Wells (1866-1946)  escribió La máquina del tiempo, El hombre invisible, La isla del tesoro, todas ellas en la década de 1890. Son las precursoras inmediatas de la ciencia ficción. Incorpora una mirada crítica sobre la sociedad, es un escritor politizado que advierte sobre los peligros del progreso tecnológico.

En el siglo XX el género se consolida. Gersbank acuña el término en una revista especializada que crea en 1926. Luego aparecieron varias revistas[1] más que ayudaron a difundir el género. En la decada del 40 los editores fueron más exigentes respecto de la calidad y así hicieron que de ser un género menor pasara a tener una amplia aceptación: Aparecen Isaac asimos (1920-1992) y T. Sturgeon (1918-1985). Termina de ganar el respeto de la crítica con la aparición de la obra de Ray Bradbury en la década del `50. Llegó al gran público con obras que se preocupaban por los avances de la ciencia, creando así una ciencia-ficción humanista, irónica y crítica. En la década del `60 ya sin revistas se consolida el mercado editorial del género.

Especialidades:
Se diferencia de lo fantástico en que los acontecimientos insospechados, siniestros o maravillosos no quedan sin explicación sino que se les da una explicación racional. No se separa de la realidad sino que intenta conjeturar a partir de ella lo que puede ocurrir en el futuro. La ciencia ficción solo trata de aquello que la opinión general considera posible bajo determinadas circunstancias.

Tópicos:
Los temas más recurrentes de la ciencia ficción son la invasión robótica, los viajes en el espacio exterior y en el tiempo, la descripción de planetas, la convivencia con alienígenas cyborg o replicantes, la parición de fenómenos naturales que ponen en peligro la vida de los humanos, el fin del mundo y la soledad de los sobrevivientes.

Intenta superar por medio de la ficción uno de los principales conflictos ideológicos del s. XIX: el enfrentamiento entre el racionalismo secularista heredado de la ilustración filosófica y el irracionalismo sobrenaturalista romántico. El género fantástico y el relato policial lo intentaron a su manera.
Desde esta perspectiva, la ciencia-ficción, que suele considerarse una subclase de la literatura fantástica, se muestra como su opuesto epistemológico. No juega con la ambivalencia entre lo natural y lo sobrenatural sino que es realista y evita la mención de lo sobrenatural, los elementos insólitos o apartados de lo cotidiano. O sea, no cuestiona la realidad sino que son extrapolaciones más o menos audaces del pensamiento científico.
El realismo que postula la mimesis del entorno debe adaptarse a los nuevos contextos. Hay varias etapas de ampliación del realismo. La primera se da en 1867 cuando Zola inaugura el naturalismo incorporando los últimos descubrimientos médicos y biológicos. La segunda se da con el surrealismo que incorpora al realismo la dimensión onírica; y la tercera es la ciencia ficción propiamente dicha que incorpora la ciencia y la técnica.

Rasgos básicos:
Presencia de máquinas o referencias científicas: No es necesario que sean explicitas. A veces solo aparecen insinuados. En el subgénero llamado swords and sorcery los actos mágicos son producto de una tecnología tan avanzada que no necesita existencia física y que los principales personajes apenas pueden comprender (lo que ellos creen frases mágicas son órdenes). O sea, no es imprescindible que sean explícitos pero también pueden ser alusiones crípticas del sujeto de la enunciación o por el background del género.
Ambientación futurista: No referida a la ubicación temporal de los hechos sino al status de futuros que tienen respecto al contexto de enunciación. O sea, el relato puede transcurrir en el futuro, en el presente o en el pasado, pero deben narrar hechos científicos no concretados en el momento de la escritura del texto.

En su consolidación juega un papel importante la fusión de cuatro correintes previas de origen heterogéneo:
1-      la literatura de viajes extraordinarios que había entrado en crisis a mediados del siglo XIX por el descubrimiento y exploración de todo el globo. Esto se refresco con el uso de máquinas maravillosas (lo que permitía llegar a lugares hasta entonces eran inaccesibles para el hombre)
2-      Utopías cientificistas o futuristas. Con la exploración del globo las comunidades imaginarias comenzaron a  inspirar en supuestas culturas del futuro. Como el tema es la especulación acerca de una sociedad perfecta, se empiezan a  incorporar elementos técnicos o científicos, sobre todo a partir de la Revolución Industrial (finales del siglo XVIII).
3-      Naturalizad Gothic. Es una etapa tardía de la novela gótica inglesa. Cuando los temas clásicos del género fueron perdiendo eficacia debieron reemplazarse por otros más creíbles e inquietantes y el recurso fue la ciencia, sobre todo la biología.
4-      Textos de esoterismo y teosofía de fines del siglo XIX y principios del XX, cuando no se consideraban como algo separado de la ciencia oficial, sino que se les daba el rango de exploración de terrenos de los que aún no se había encargado aquella.

Wells (1866-1946) se considera como la culminación de la prehistoria y el inicio de la historia del género.

Se termina de consolidar en 1926 con la aparición de la primera revista especializada. En Estados Unidos se da una primera etapa (1926-1937) con un subgénero llamado space opera, consistente en aventuras de héroes y exploradores espaciales. En una segunda etapa aparece la hard cience fiction, alrededor de  1937 cuando John Campbell Jr asume como director de Astounding. Son testos que especulan mas que nada sobre teorías y o hipótesis científicas, con mucha información técnica y un desarrollo más refinado de la trama. En Europa no era considerada ya desde antes un género menor. Los autores gozaban de capital simbólico y figuraban dentro de las historiografías críticas. Era una literatura muy intelectual.





[1] Las revistas PULP, que se llamaban así porque se hacían con la pulpa de segunda mano del papel.

Géneros vecinos del fantástico: Maravilloso y Extraño

LO FANTÁSTICO Y SUS GÉNEROS VECINOS

                Lo fantástico más que un género independiente es un límite entre dos géneros cercanos a él y opuestos entre sí, lo maravilloso y lo extraño. Es un género siempre evanescente ya que una simple frase podría hacerlo desaparecer. Vemos un ejemplo de esto en la novela negra: allí lo fantástico apenas dura, luego aparece una explicación y deja de existir dando paso a otros subgéneros como podría ser lo sobrenatural explicado o lo sobrenatural aceptado.
El género maravilloso corresponde a fenómenos desconocidos, nunca vistos aún. Su tiempo sería el futuro. Por el contrario lo extraño se refiere a hechos conocidos, aceptados dentro de la lógica causa efecto. Su tiempo sería el pasado. En el caso de la vacilación fantástica su tiempo solo puede ubicarse en el presente.
Si decimos que lo fantástico es un límite entre lo extraño y lo maravilloso la historia está en permanente circulación, no se detiene en él y el desplazamiento de uno a otro extremo se da paulatina y sutilmente, esto  va a generar dos subgéneros híbridos: lo fantástico-extraño y lo fantástico-maravilloso.

  • Extraño puro: relata acontecimientos que se pueden explicar por la razón aunque sean increíbles. Esta vinculado solo a los sentimientos de los personajes y no a un acontecimiento material que desafíe la razón un ejemplo de este género es “La caída de la casa Usher”. Hay una relación entre este género y el policial de enigma, aparecen una serie de soluciones fáciles que se van descartando hasta que queda solo lo inverosímil, se impone explícitamente la explicación racional. La diferencia es que en el policial el acento está puesto en el enigma y en el extraño está puesto en las reacciones que provoca.
  • Fantástico extraño: los acontecimientos que parecen sobrenaturales reciben al final una explicación racional, como puede ser un sueño, la influencia de drogas, el azar, una superchería, una ilusión de los sentidos, la locura.
  • Fantástico maravilloso: Aquí la historia termina con la aceptación de lo sobrenatural.
  • Maravilloso puro: es un género que no tiene límites definidos. Se caracteriza por la naturaleza de esos elementos que son maravillosos y no generan ninguna reacción. El hecho es un elemento formal y el procedimiento estilístico de modalización es parte del contenido. SUBCLASES DEL GÉNERO MARAVILLOSO: 1) Maravilloso hiperbólico: lo sobrenatural se caracteriza por las dimensiones de lo real, por su desproporción. 2) Maravilloso exótico: relatan acontecimientos sobrenaturales, pero no los presentan como tales sino como desconocidos para el lector; se da una mezcla entre lo natural y lo sobrenatural. 3) Maravilloso instrumental: presentan perfeccionamientos técnicos irrealizables en la época que se describe, pero absolutamente posibles. Siempre son objetos realizados por el hombre. 4) Maravilloso científico o ciencia ficción: lo sobrenatural se explica racionalmente, pero a partir de leyes que la ciencia contemporánea no reconoce; digamos que desde premisas irracionales se encadenan hechos racionales.

Relato Fantástico

Para hablar de género fantástico hay que hablar de dos características imprescindibles.
Una de ellas se llama vacilación: los fantástico se mueve en ele espacio de la incertidumbre, si ante una duda que nos presenta la trama tomamos una respuesta ya no estamos en lo fantástico sino en lo extraño o  maravilloso. La fe absoluta o la incredulidad absoluta no pertenecen al mundo d e lo fantástico La vacilación se puede dar en el personaje o en el lector o en ambos. En el personaje se presenta como una duda sobre lo que pasa, y este hace vacilar con el al lector. Se da una integración del lector al mundo de los personajes que genera una percepción ambigua de los hechos sobrenaturales. Podemos decir, incluso, que la primer condición de lo fantástico es una vacilación del lector que a veces puede estar representada en la obra (por algún personaje en la mayoría de los caso). En esa duda se hace manifiesta una ambigüedad, se vacila entre lo real y lo imaginario, presentándose dos soluciones posibles; y entre ellos se ubica lo fantástico siempre y cuando no elijamos ninguno de esos dos caminos.
La vacilación puede ser incluso el tema de la obra.
Podemos distinguir entre una vacilación entre lo real y lo ilusorio (basada en la percepción) y otra vacilación entre lo real y lo imaginario (como fruto de la imaginación).
La otra característica es la irrupción del misterio en la vida cotidiana de forma brutal. Es una ruptura del orden conocido; algo inaceptable entra en el terreno d e la inalterable legalidad cotidiana. Vamos a ver a hombres comunes como nosotros ubicados de golpe ante lo inexplicable.
Lo fantástico implica también una manera de leer ya que la historia nunca debe ser leída como alegoría o como poesía porque esto dejaría sin efecto la percepción ambigua de la misma.
Lo fantástico sería entonces como la línea divisoria entre lo real y lo maravilloso. No es una sustancia de la historia que se cuenta sino un efecto que dicha historia provoca en los lectores o desde cierto punto de vista en los personajes que representan al lector dentro de la historia.

Condiciones
  • Vacilación entre lo real y lo imaginario. Esto se pone en juego en el aspecto verbal del texto, por ejemplo: las visiones.
  • Identificación del personaje y del lector. Esto se pone en juego en aspecto sintáctico a través de ciertas unidades formales que generan reacciones. Por otro lado, también aparece en el aspecto semántico ya que esta identificación es uno de los aspectos de la obra.
  • Elección de los niveles de lectura.







FALENCIAS DE OTRAS DEFINICIONES SEGÚN TODOROV

                Según la definición del diccionario un texto fantástico es aquel donde intervienen seres sobrenaturales. Esto no es así, ya que lo sobrenatural es en sí una categoría literaria.
También critica la definición basada en el lector real. Lovercraft decía que lo fantástico se caracterizaba por una experiencia del miedo. Esto no podría ser así ya que entonces el género se basaría en la sangre fría del lector.
Otra lectura que Todorov critica es la que considera lo fantástico como un fenómeno surgido de la inspiración del autor; como así también a la que se basa en la exploración psicológica.

ALGUNOS PROCEDIMIENTOS QUE AYUDAN A LA VACILACIÓN

  • Uso del tiempo en aspecto imperfecto. Esto introduce una distancia entre el narrador y el personaje, lo cual evita dar una certeza absoluta sobre los hechos. Por ejemplo el verbo amaba no especifica cuando, durante cuanto tiempo, ni en qué condiciones el sujeto amaba al objeto.
  • Modalización. Se utilizan locuciones introductorias que sin cambiar el sentido de la frase modifican la relación entre el sujeto de la enunciación y lo enunciados. Esto garantiza una incertidumbre sobre la información que contiene dichos enunciados. Ejemplo: tal vez, me pareció, tenía idea, me sentía… Sin ella estaríamos en el mundo de lo maravilloso, los moralizadores nos mantienen en entre los dos mundos.


PROPIEDADES QUE HACEN A LA UNIDAD ESTRUCTURAL DE LA OBRA

                Existe un uso particular del discurso figurado. Lo sobrenatural surge a veces de ciertas imágenes figuradas (los seres extraordinarios). Lo sobrenatural es una prolongación de la figura retórica: la exageración conduce a lo sobrenatural. Es necesario no confundir la verdad con la representación.
Otro recurso es usar en sentido propio una expresión figurada. Un tercer caso es cuando la figura y lo sobrenatural están copresentes y su relación es funcional como las expresiones figuradas que preceden al acontecimiento fantástico. Esta expresión suele estar precedida por una forma moralizante.
Lo sobrenatural nace del lenguaje y es a la vez su consecuencia y su prueba.

También es importante la elección del narrador. el tema  de la verdad no es inherente a la literatura. En el texto no se desarrolla una relación entre las palabras y las cosas porque la literatura es solo palabras no hay cosas. No hay que confundir verdad con representación. Lo que sí debe haber es un coherencia interna, no se juzga la verdad que dice el autor, pero sí la que dicen los personajes.
Desde este punto de vista el narrador más conveniente a la literatura fantástica es la primera persona protagonista. La palabra de los personajes puede ser verdadera o falsa y es más problemática para el lector en el caso de este narrador personaje (si bien no se espera que el narrador mienta si se puede esperar esto de los personajes).
Si un hecho sobrenatural nos es contado por un narrador no representado estaríamos en el mundo de lo maravilloso ya que no dudaríamos de lo que dice y lo sobrenatural estaría naturalizado. En los cuentos maravillosos rara vez se usa la primera persona.
El narrador en primera persona garantiza la identificación con el lector, será un hombre medio con el que cualquier lector pueda sentirse solidario. Esto no es un efecto psicológico sino que es un mecanismo estructural del texto que desarrolla dos funciones: la identificación y la autentificación. Nunca se duda del testimonio del narrador sino que buscamos con el una explicación racional para los hechos.
Hay diferentes grados de confianza con el narrador en el caso de la primera persona se trata más del discurso del personaje que del discurso del narrador, por eso la palabra es objeto de desconfianza. Así se da una confianza paradójica porque a la vez es el discurso del narrador y no aceptamos que nos mienta, pero puede ser porque es un personaje. Esta confianza paradójica se traduce en un efecto: vacilación.

Un tercer rasgo tiene que ver con el aspecto sintáctico.
Vemos esto en la importancia de la estructura o composición del texto. Poe ya lo había delineado diciendo que el cuento se caracterizaba por un efecto único ubicado al final de la historia, y por la obligación de que todos los elementos de su estructura lleven hacia allí y contribuyan a realzar dicho efecto. Los detalles suelen prepararnos para esos acontecimientos formando generalmente una gradación.

Lo fantástico contiene indicaciones sobre el papel del lector y esto depende del proceso de enunciación tal como aparece en el interior mismo del texto, también hay indicaciones relativas al tiempo de la percepción: ese tiempo es irreversible por convención y tiene una indicación implícita: leer desde el principio hasta el final. Lo fantástico acusa esa convención más que otros géneros. Si se conoce por anticipado el final queda falseado el juego ya que no se puede seguir el proceso de identificación. Una primera y una segunda lectura dan impresiones diferentes; en la segunda la identificación ya no es posible y se convierte en una meta lectura que tiende a señalar los procedimientos de lo fantástico. Esto se da más en la novela policial, lo marca aún más porque hay que descubrir una verdad. La sorpresa es un caso particular de la temporalidad irreversible.

Otro rasgo es el que se detiene en el análisis semántico. Si es que definimos lo fantástico como una percepción especial de los acontecimientos nos vamos a detener en el análisis de esos acontecimientos principalmente si son dichos por personajes.
Consideramos elemento sintáctico al que tiene una relación de contigüidad con otro y elemento semántico al que comparamos con otro semejante u opuesto.
Para que halla fantástico tiene que haber hecho fantástico aunque lo fantástico no consista en eso.
Las funciones de lo fantástico serían, sintéticamente, producir un efecto en el lector, servir a la narración manteniendo el suspenso con una organización ceñida a la intriga y describir el universo fantástico. Estás funciones del género responden así a las tres funciones de los signos: la pragmática, que define la relación de los signos con quienes las usan; la sintáctica, que define la relación de los signos entre sí; y la semántica que define la relación con aquello que designa.

No hay que tomar los temas de lo fantástico como cualitativamente iguales a los de la literatura en general ya que hay una experiencia de los límites. Esto es, no hay que reducir la literatura ni como pura forma ni como puro contenido. Esta división debe ser superada, justamente la estructura debe considerar la obra como totalidad y como unidad dinámica.
El estudio de los temas no es la interpretación crítica de la obra. Esta es una estructura que puede definir infinidad de interpretaciones que dependen del contexto de enunciación. Lo que importa es esa estructura hueca que se interpreta describiéndola como una configuración.
Hay una crítica sensualista que le da valor a todos los temas que tienen que ver con las sensaciones. Sería como una paráfrasis de la obra, un listado de imágenes no un análisis.
Las dos son formas de crítica narrativa.
La obra debe ser considerada como el lugar donde nace un sentido que solo existe en ella. Si fuera solo la traducción de un pensamiento sería considerarla un medio, darle un rol secundario.
Los temas deben ser categorías abstractas, si la obra es una estructura coherente donde cada tema se articula en relación a los demás temas se debe analizar conforme a eso. Tratándose de lo fantástico hay que precaverse para que no recaiga toda la tensión sobre la reacción y se olvide la acción (objeto). Hay que pensar en grupos de temas a partir de compatibilidades e incompatibilidades y luego interpretar esos grupos y categorías.

UNIDADES TEMÁTICAS

Los temas del tú

                Están asociados a la sexualidad al conocimiento de lo carnal. Se presenta una elección entre la satisfacción de los deseos exteriores y la de los deseos interiores ya que la elección de todos llevaría a la locura. Se considera a lo sexual como lo más esencial de la vida y la sexualidad alcanzará potencias insospechadas y ejercerá sobre el héroe una influencia excepcional.
Este desarrollo temático tiene una estrecha relación con la experiencia de los límites de lo sobrenatural, por eso el deseo se encarna en figuras sobrenaturales como el diablo y presenta oposiciones claramente cargadas de un sentido moral como el sacerdote, la madre y la cruz.
Existen transformaciones del deseo que pertenecen a lo “extraño social”: el incesto, la homosexualidad, el amor grupal, el sadismo (como crueldad pura) y la muerte. La violencia ocurre en el lenguaje consiste en la articulación de frases y no en una sucesión de actos efectivos.
Es también importante la relación de equivalencia o contigüidad entre el deseo y la muerte. Un ejemplo es la necrofilia, presente en las historias de vampiros y de relaciones entre humanos y muertos. Esta relación puede o no recibir valoración negativa.
El amor sexual intenso puede ser alabado o condenado. Las formas sobrenaturales pueden intervenir para ayudarlo a cumplirse.
Hay una red de relaciones entre el hombre y su deseo o su inconsciente, donde el punto de partida es siempre el deseo sexual. La posesión del hombre por sus instintos, plantea el tema de su personalidad, hay una posición activa frente al mundo.
Los tema de la mirada pasaron a ser temas del discurso ya que el lenguaje es la forma por excelencia y el agente estructurante de la relación del hombre con su prójimo.
Lo sobrenatural nos da la medida de los deseos sexuales poderosos y nos introduce en la vida después de la muerte. En lo “socialmente extraño” aparece la crueldad y la perversión como canal.




Los temas del yo

                Tienen una relación análoga con el universo de los niños, de los psicóticos y de las drogas: presentan una ruptura del límite entre lo físico y lo psíquico. Falta la distinción entre el espíritu y la materia, entre el objeto y el sujeto; hay una concepción preintelectual del espacio, la causalidad y el tiempo (concepción desarticulada y dúctil).
Nos sumergimos en un mundo sin lenguaje de la misma manera que la droga niega la verbalización, el niño hace su pasaje a la madurez con la llegada del lenguaje y el lenguaje del psicótico es privado, el lenguaje es el medio para separarse del mundo.
El otro no tiene existencia autónoma. En lo sexual, por ejemplo, el bebé presenta un deseo autoerótico y en el adicto está sublimado; en uno no tiene objeto exterior y en el otro el objeto es todo el mundo.

En este plano los temas del tú pueden ser comparados con la neurosis: hay un papel decisivo de la sexualidad y sus variaciones. Los actos excesivos ligados al deseo sexual se parecen a los generados a la represión en la histeria.

Desde el punto de vista psicoanalítico los temas del yo corresponden al sistema percepción-conciencia. Y los temas del tu al sistema de las pulsiones inconcientes, que es donde se desarrolla la relación.
También es posible encontrar una analogía entre ciertas estructuras sociales y políticas y las dos redes temáticas.
Otra analogía posible es la que hay en la relación entre magia y religión y la que hay entre temas del tu y del yo. Y también los temas de la mirada y el discurso. Los temas de la mirada abarcan la posibilidad de quebrar el límite entre el sentido propio y el figurado, y los temas del tu se forman a partir de la relación que entablan los interlocutores en el discurso.
Los temas del yo representan el aislamiento relativo del hombre en relación con el mundo que el construyen, con el acento puesto en este enfrentamiento sin que sea necesario presentar un intermediario. En cambio, los temas del tu remiten a este intermediario. El yo puede estar presente en tu, pero no al revés. Ambos designan a los participantes del acto del discurso, el que enuncia y aquel al que se dirige. Pero las categorías del yo y el tu son a la vez abstractas y siguen siendo interiores al lenguaje. Esta es la gran paradoja de la literatura: está constituida por palabras, pero que significan más que las palabras, es verbal y transversal a la vez.

FANTÁSTICO

                El romanticismo favorece la aparición de lo fantástico. Como se oponía a la cultura clásica donde predomina la norma, la razón y el equilibrio, impone la imaginación sobre la razón, la emoción sobre la lógica y la intuición sobre la ciencia. Con la literatura gótica del SXVIII se produce la irrupción de lo irracional y de los espacios lúgubres. Su germen está en los relatos maravillosos con seres fabulosos que fueron rescatados durante el romanticismo y circunscriptos a la vida cotidiana, quizá como oposición al triunfo de la razón al que se le escapaban lo amenazante, lo oculto, lo inexplicable, la locura, lo demoníaco. El castillo de Otranto de Walpole de 1764 es considerado el primer relato fantástico moderno. Abundan tumbas, castillos medievales, habitaciones cerradas, etc.
El gótico tuvo éxito hasta principios del SXIX; luego, al agotarse los temas, se reelaboraron para dar en el siglo XIX una serie de obras inolvidables (Stoker, Shelley, Stevenson, Poe, Hoffman).

Se da una oposición entre lo fantástico y lo realista por un lado y lo fantástico y lo maravilloso por otro. Lo realista reproduce o es copia fiel de la realidad, en cambio lo maravilloso está poblado de prodigios, objetos mágicos, criaturas maravillosas. En ambos casos el narrador suele ser en tercera persona y omnisciente y por eso no se cuestiona lo que dice, y se naturaliza ese mundo. El narrador del fantástico suele ser personaje para de esa manera condicionar su relato. Otro caso, es la primera persona o la tercera persona focalizada ya que allí también el relato aparece relativizado.

Temas de lo fantástico
  • El doble: es fundamental sobre todo en el siglo XIX, nos presenta un desdoblamiento que implica la idea de lo bueno y lo malo. Actualmente se los ve como fuerzas interiores que conviven en el individuo y motorizan un deseo de re-unirse con un centro perdido de lo personal.
  • La mirada
  • La ficción dentro de la ficción
  • El regreso de los muertos
  • Alucinaciones, sueños
  • Pactos, transformaciones y hechizos
  • Alteraciones temporo-espaciales.

Todorov dice que el efecto fantástico se produce por una percepción ambigua de acontecimientos insólitos. La zona de duda entre la interpretación sobrenatural y la realista es la zona donde se mueve lo fantástico. Las condiciones que según el se deben dar para que haga su aparición lo fantástico es la representación de un mundo que debe ser presentado como cotidiano y que el texto no sea ni poético ni alegórico. La poesía porque carece de aptitudes para la representación (mimesis) y todo texto poético es leído como una pura combinación semántica, se privilegia el enunciado y la alegoría porque despliega sentidos figurados que impiden que los acontecimientos se interpreten tal como se presentan.
Ana María Barrenechea define la literatura fantástica como aquella que presenta en forma de problema hechos anormales en contraste con hechos normales. Según ella, la oposición entre literatura fantástica y poesía es refutada debido a que no siempre la poesía ha sido no representativa. Lo mismo para la oposición entre lo fantástico y lo alegórico ya que actualmente, existe la tendencia a usar lo fantástico para el nivel literal de las obras y a dejar poco explícita la función alegórica. Ella habla de dos nuevas oposiciones: una entre la literatura representativa (a la cual adhiere lo fantástico) y la literatura no representativa; y otra entre la literatura solo de significado literal (fantástico) y la literatura que permite también un significado trópico.